Juana de Arco
Juana de Arco Al amanecer, sir Talbot y sus tropas inglesas evacuaron los bastiones y abandonaron el campo, sin destruir ni llevarse abastecimientos y pertrechos militares, dejando las fortalezas tal como estaban, armadas y equipadas para el largo asedio previsto. Al pueblo le costaba admitir que todo aquello estuviera sucediendo. Que nuevamente eran libres y podían circular a través de las puertas de la ciudad sin que nadie les cortara el paso. Que el terrible sir Talbot, azote de los franceses, cuyo solo nombre ponía en fuga a poderosos ejércitos, se batía en retirada… expulsado por una niña…
La ciudad exultaba de alegría. Las multitudes atravesaron sus puertas y se aproximaron —como una invasión de hormigas— a las fortificaciones inglesas. Se apoderaron de las piezas artilleras y de los alimentos almacenados y después convirtieron aquella docena de fortalezas en sobrecogedoras hogueras, cuyas altivas columnas de humo denso parecían aguantar la bóveda celeste.