Juana de Arco
Juana de Arco —Vos mismo lo comprobaréis. Para empezar, observad sus escudos de armas. El signo que predomina es el de los lirios de Francia. Pues bien, eso es realeza, hombre, realeza… ¿No comprendéis su grandeza? Los lirios simbolizan la autoridad del Rey. ¿Os dais cuenta de la importancia que tiene esto? ¡Tienen las armas de Francia en sus escudos! ¡Pensad en eso! ¡Pensad en lo que significa! ¡Medid su magnitud! ¿Vamos a caminar nosotros delante de esos muchachos? Que Dios os bendiga, pero ya lo hemos hecho por última vez. Creo que en toda esta región no hay ni un solo caballero que pueda precederles, excepto el duque de Alençon, prÃncipe de la sangre real.
PaladÃn quedó anonadado. Se le podrÃa haber tumbado con el suave golpe de una pluma. Estaba mortalmente pálido. Movió los labios sin articular sonido, y luego musitó:
—No tenÃa idea de que eso fuera asÃ. Me he comportado como un idiota. Ahora lo veo claro. Esta mañana me crucé con ellos y les saludé con un simple «Hola», como si fueran unos cualquiera. No lo hice por mala educación, sino por ignorancia. He sido un asno. Eso es todo. He sido un asno.
Noel Rainguesson añadió con voz cansada:
—Seguro que tienes razón, pero no veo por qué te extrañas.
—¿No lo ves? ¿Qué quieres decir con eso?