Juana de Arco
Juana de Arco —Pues que no me parece una novedad en ti eso de ser un asno.
—Noel Rainguesson, ya basta. No sigas por ese camino, si no quieres verte en dificultades. Y no me vuelvas a molestar durante el resto de la semana, te lo ruego, pues no resisto la charlatanerÃa.
—¡Hombre! Muy bien —respondió Noel—. Yo estaba callado y he procurado mantenerme fuera de la conversación. Si no te gusta mi charlatanerÃa, ¿por qué me has hecho intervenir en tu conversación?
—¿Yo? Creo no haber hecho tal cosa.
—Pues sà lo hiciste. Y tengo motivos para enfadarme. Cuando una persona incita a otra y le obliga a conversar, no parece justo ni educado acusar de charlatanerÃa a sus palabras…
—Está bien. Está bien —cortó el PaladÃn— Reconoce que estás hecho polvo y con el corazón destrozado por lo que pasa con los Arco. A ver, que alguien traiga una cucharadita de miel para esta pobre muñequita enferma. Decidnos, señor de Metz, ¿estáis seguro sobre eso de la nobleza de los Arco?
—Pero ¿a qué os referÃs?
—Pues a eso de que Juan y Pedro de Arco disfrutarán de prioridad sobre toda la aristocracia civil del paÃs, excepto el duque de Alençon…
—Creo que no hay la menor duda de ello.