Juana de Arco

Juana de Arco

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Al oír estas palabras, Cristóbal D’Harcourt preguntó:

—¿Han sido vuestras Voces las que os han ordenado que expongáis ante el Rey este proyecto?

—Sí, y me insisten para que lo realicemos con toda urgencia.

El consejero pretendía que Juana incurriera en contradicciones y quedara desprestigiada ante el Rey. Pero la doncella —sin perder la calma— le aclaró que cuando encontraba personas que no creían en su misión, rezaba por ellas, compadecida de su incredulidad, y entonces, las Voces la consolaban, diciéndole en voz suave y dulce: «Sigue adelante, Hija de Dios, que yo te ayudaré». Y, para terminar, la joven añadió:

—¡Cuando oigo esto mi corazón siente un gozo casi insoportable!

El bastardo nos contó que al pronunciar estas palabras, su rostro resplandecía como si estuviera en éxtasis.

Los argumentos y razones de Juana iban ganando terreno poco a poco en la voluntad del Rey. Pero también paso a paso, los miembros del Consejo le disputaban cada palmo de ese terreno. Y cuando ya no supieron contestarle, aceptaron que «quizá» fue un error permitir que el ejército se dispersara, pero ¿qué remedio había ya? y ¿cómo iniciar una marcha sin ejército?

—Pues formad uno —respondió Juana.


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