Juana de Arco
Juana de Arco Juana volvió de su entrevista muy satisfecha y de buen humor. Inmediatamente la maquinaria comenzó a moverse. Se dictaron proclamas llamando a los hombres a filas y se organizó un campamento de alistamiento en Selles, en el Berry, donde acudieron en tropel nobles y plebeyos animados por un visible entusiasmo. Pese a que se había perdido la mayor parte del mes de mayo, hacia el 6 de junio ya se disponía de un nuevo ejército, y la Doncella se aprestaba a emprender la marcha. Disponía entonces de unos 8000 hombres. Es una cifra que merece atención. Sobre todo, pensando en que procedían de una región tan pequeña. Y eran soldados veteranos. Claro que, debido a las continuas guerras y a su larga duración casi todos los hombres de Francia eran soldados, además de excelentes y rápidos corredores, pues casi no habían hecho otra cosa que correr ante el enemigo, durante un siglo. La culpa no era suya, pues nunca tuvieron mandos apropiados. Pero, además, en la retaguardia, el Rey y su Corte adoptaron la costumbre de traicionar a sus generales y, en justa correspondencia, éstos se habituaron a desobedecer al Rey y actuar a su capricho cada uno según sus intereses, ninguno en favor de la nación. Y así era imposible conseguir la victoria. Por eso, la capacidad de correr llegó a ser la mejor virtud de las tropas francesas. Pese a todo, lo que necesitaban aquellos soldados para convertirse en buenos luchadores era un Jefe dedicado plenamente a su tarea, un General con autoridad suprema en sus manos, secundado por otros generales también dotados de autoridad sobre todo el ejército. Ahora Francia sí tenía ese General revestido de poder, cuyo corazón y cabeza vivían exclusivamente para una guerra absorbente y seria y cuyas actuaciones iban a producir resultados positivos. Sobre eso no había dudas. Ahora tenían al frente del ejército a Juana de Arco, y con aquel mando, sus piernas pronto perderían la destreza adquirida en el arte de la carrera.