Juana de Arco

Juana de Arco

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Sí, Juana se mostraba muy contenta. Recorría el campamento día y noche activando los preparativos. Allí donde se presentaba para animar a las gentes y supervisar las tropas, daba gusto ver cómo le dedicaban aplausos entusiastas, sin que nadie quedara indiferente a su paso. El aire juvenil, su belleza y gracia daban a su aspecto el matiz atractivo propio de una chica de 17 años que iba camino de convertirse en una mujer notable por su delicadeza y simpatía.

Un día se presentaron ante el campamento dos jóvenes aristócratas, los condes de Laval, emparentados con las más ilustres familias de Francia, que rogaron al Rey les presentase a Juana de Arco, pues venían ganados por su fama. Cuando la conocieron, no les defraudó, quedando impresionados por el cálido acento de su voz, el brillo de sus ojos profundos y el espíritu que reflejaba el semblante de la joven. Al verla sintieron un efecto semejante a la recitación de un poema sublime, o a la audición de una música marcial. Uno de ellos, en carta a su familia, explicaba: «Verla y escucharla parece algo divino». Era verdad. Nunca se dijo otra verdad más grande.

El mismo noble describió a Juana cuando, dispuesta a emprender la marcha, se puso al frente de las tropas:


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