Juana de Arco

Juana de Arco

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—La Doncella estaba vestida con armadura blanca, salvo la cabeza, y llevaba en la mano una pequeña hacha de combate. Se dispuso a montar en su gran caballo negro, pero éste, nervioso, brincaba sin permitírselo. Entonces, ella ordenó: «Conducidle hasta la cruz».

Se trataba de una cruz que estaba colocada frente a la Iglesia. En esa posición montó, sin que el caballo hiciera el más leve movimiento. Parecía atado. A continuación, Juana, mirando a la puerta de la Iglesia, rogó: «¡Vosotros, sacerdotes y hombres de Iglesia, haced rogativas a Dios por nosotros!». Luego, picó espuelas y cabalgando bajo su estandarte, enarboló su pequeña hacha y gritó: «¡Adelante! ¡Marchad!». Uno de sus hermanos, el que llegó hacía ocho días, la acompañaba. También iba cubierto con armadura blanca.

Yo, que estaba presente, doy fe de que todo aquello fue así, tal como él lo cuenta. Y aún me parece que lo estoy viendo: la pequeña hacha de combate, el sombrero con penacho de plumas, la plateada armadura, lo veo todo bajo la suave luz de aquella tarde de junio… la veo tan nítida como si todo hubiera ocurrido ayer… Me cabe el honor de figurar entre su escolta personal… ¡Yo estuve en la escolta de Juana de Arco!

Aquel joven conde habría dado su vida por venir con nosotros, pero el Rey no se lo permitió, de momento. Sin embargo, Juana le hizo una promesa que él anotó en su carta:


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