Juana de Arco
Juana de Arco Al día siguiente, el séquito real, con el monarca, Juana y el abanderado Paladín a la cabeza, hicieron su entrada solemne en la plaza conquistada, rodeados por un ejército que resultaba ya impresionante, debido a los incrementos continuos de los últimos días. Sucedió más tarde un episodio curioso en verdad. De acuerdo con los términos acordados para la rendición y gracias a la generosidad de Juana, se permitió a los soldados ingleses y borgoñones que llevaran consigo las pertenencias que pudieran transportar, que les serían necesarias para subsistir. Aquellas gentes efectuarían la salida por la única puerta existente y en el momento que les fue fijado. Los más jóvenes, acompañados por el «Enano», quisimos presenciar el espectáculo y no tardamos en ver aparecer una interminable fila, con la infantería abriendo la marcha. Al acercarse, nos dimos cuenta que los hombres caminaban como abrumados por el peso de grandes bultos colocados en sus espaldas. Al verles, pensamos: «Desde luego, qué ricos eran estos hombres, para ser vulgares soldados». Pero cuando llegaron a nuestra altura, nos dimos cuenta de la trágica realidad. ¡Cada uno de esos bandidos llevaba a la espalda un prisionero francés! De modo que, haciendo uso del privilegio concedido, se llevaban su «pertenencia» humana, es decir un ser humano cautivo… Así entendieron ellos el trato hecho.