Juana de Arco
Juana de Arco El desgraciado prisionero nos pedía con mirada lastimera que le salváramos y luego habló, explicando que tenía mujer e hijos pequeños en su hogar. Nos dejó muy conmovidos, pero ¿qué podíamos hacer nosotros? Al fin y al cabo, el borgoñón estaba en su derecho. No obstante, intercedimos por él con insistencia, pero el malvado «propietario» se burlaba de nuestras súplicas. Entonces, el «Enano» dijo:
—Por favor, mis jóvenes caballeros, permitidme que intente convencerle. Ya sabéis que tengo el don de la persuasión. Veo que os reís, y esto ofende mi vanidad, obligándome a demostraros mi capacidad… si pudiera probar mis dotes por un instante… me basta con un instante…
Diciendo esto, se plantó delante del borgoñón, y comenzó a hablar con voz muy suave, bondadosa y gentil, mencionando la bondad de la Doncella, y cómo su corazón quedaría satisfecho si él otorgaba la libertad a su prisionero. No pudo continuar su discurso. El borgoñón cortó su dulce tono con un grosero insulto dedicado a Juana de Arco. Todos nosotros nos abalanzamos contra él, pero el «Enano», con el rostro lívido, nos apartó a un lado y con voz grave nos pidió: —Os suplico un poco de paciencia. ¿O es que no soy yo el guardián de su honra? Este asunto me corresponde a mí.