Juana de Arco
Juana de Arco Con asombrosa rapidez, agarró al enorme borgoñón por la garganta, lo elevó ligeramente del suelo y dijo:
—Habéis insultado a la Doncella, y la Doncella es Francia. La lengua que hace una cosa como esa, merece un largo descanso.
Se oyó un sordo crujido, y el soldado cayó al suelo como un guiñapo. Estaba muerto. Libramos al prisionero de sus ligaduras y le concedimos la libertad. En sus gestos se operó un cambio radical, pasando de la más profunda humildad a una furia ciega. Se abalanzó sobre el soldado muerto y se entregó con él a toda suerte de vejaciones, hasta dejamos asqueados. Mientras evolucionaba frenéticamente, dando saltos e insultando a su captor, otro borgoñón le asestó una cuchillada en la garganta, degollándolo allí mismo, con lo que terminó uno de los más desagradables incidentes de mi vida militar.
Poco después, llegó Juana muy preocupada ante el problema de los prisioneros. Estudió las distintas posturas y luego declaró: