Juana de Arco
Juana de Arco —AsÃ, hija mÃa. Ven a mis brazos. Deja a tu padre que se humille y haga su confesión. Es que yo… yo… ¿No lo comprendes? No podÃa adivinar si todas estas glorias se habrÃan subido a tu joven cabecita… Cosa que hubiera sido muy natural… entonces… no quisimos avergonzarte delante de todos esos prÃncipes y nobles señores…
—Padre, ¿cómo podÃas pensar eso?
—Pero, además, sentÃa temor, al recordar aquellas palabras tan crueles que dije llevado por mi furia… ¡que te ahogarÃa con mis propias manos si vestÃs ropas contrarias a tu sexo y arrojabas la vergüenza sobre el nombre de nuestra familia…! ¿Cómo pude decir esto a una niña tan dulce e inocente, que fue elegida por Dios como su mejor soldado? SentÃa temor porque era culpable. ¿Lo comprendes ahora, hija, y querrás perdonarme?
Juana le dedicó toda su ternura. Con sus caricias, le hizo olvidar los malos recuerdos del pasado. Los olvidó hasta la muerte de la joven, momento en que los volvió a revivir otra vez. ¡Señor! ¡Cómo duelen estas cosas cuando se las hicimos a inocentes que ya están muertos! Angustiados, decimos: ¡si pudiesen resucitar!