Juana de Arco
Juana de Arco Las bebidas fueron desapareciendo al amor de la conversación, con alegría del posadero, ansioso de atender bien a sus importantes huéspedes. Laxart y De Arco llegaron a mostrarse muy alegres, aunque no llegaron a embriagarse. Enseñaron los regalos que habían comprado en la ciudad para llevarlos al pueblo. Eran objetos modestos, de escaso precio pero que gustarían a las sencillas gentes de la aldea. Entregaron a Juana dos regalos, uno del P. Fronte y otro de su madre. El del sacerdote era una virgencita de plomo y el de su madre, un metro de cinta de seda azul muy hermosa. Ella se puso tan contenta como una chiquilla, besó los regalos una y otra vez, se colocó la Virgen junto al corazón y anudó la cinta en su yelmo, buscando la forma en que resultaba mejor a la vista.
Afirmó que casi estaba deseando ir de nuevo a la guerra con la seguridad de pelear con mayor denuedo, llevando algo que su madre había bendecido con sus manos. El viejo Laxart dijo que él estaba seguro de que Juana participaría otra vez en combates, pero que antes acudiría a visitar su hogar, donde la aguardaba su pueblo, ansioso de verla.