Juana de Arco
Juana de Arco —¡Esperad! —volvió a insistir el Canciller—. Todo esto es una locura. Majestad, ni podemos ni debemos echarnos atrás en lo convenido. Hemos prometido llegar a un acuerdo y debemos tratar con el Duque de Borgoña.
—No os preocupéis, caballero, nos encontraremos con el Duque.
—¿Y cómo lo haremos?
—¡A punta de lanza!
Los presentes se levantaron como un solo hombre —al menos los buenos franceses— y rompieron en aplausos que nunca se acababan, y que al final, dejaron de oÃr la voz ruda de La Hire, diciendo:
—¡A punta de lanza! ¡Por Dios, ésa es la canción!
También el Rey se levantó, enarboló su espada y la tomó por la hoja situando la empuñadura en las manos de Juana: —Asà es. El Rey se entrega a vos. Llevadlo a ParÃs. Y entonces estallaron nuevos aplausos y aquel histórico Consejo de guerra, que tantas leyendas harÃa surgir, quedó clausurado.