Juana de Arco

Juana de Arco

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El escrito era largo, pero de profundo contenido, oro puro. En mi opinión fue el documento de Estado más hermoso y sencillo de todos los dictados por ella. Lo entregó a un mensajero que partió raudo a cumplir su encargo. Más tarde, Juana me dijo que me fuera a la posada y descansara allí hasta el amanecer. Por la mañana debía entregar a su padre el paquete con regalos para su familia y amigos de Domrémy que ella me había dejado esa noche, antes del episodio del Consejo.

Me indicó que iría a despedir a su padre y a su tío en el caso de que se marcharan y no permanecieran unos días más en la ciudad.

Yo me mostré de acuerdo, pero pensaba que ninguna fuerza humana sería capaz de retener a los dos hombres en Reims ni un momento más. ¿Cómo se iban ellos a perder la gloria de ser los primeros en llevar a Domrémy la gran noticia?: ¡Los impuestos suprimidos para siempre! ¿Y cómo renunciar al placer de ser aclamados, entre repicar de campanas y aplausos y gritos de júbilo? Desde luego, no pensaban perderse ni un minuto de la gloria que les correspondía. Patay, Orleáns, Reims, eran hazañas colosales, casi mitos legendarios, fantasías imposibles, pero ellos eran portadores de noticias verdaderas, hechos reales y concretos.


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