Juana de Arco
Juana de Arco —Pues sÃ. Aquà nos colocamos a la espera, en perfecto orden. Los cabedlos se revolvÃan, nerviosos, queriendo galopar. Nosotros los aguantábamos de las bridas, hasta quedar oblicuos en la silla. Por fin nos dieron la orden: ¡Atacad!… ¡Y nos lanzamos! ¿Lanzarse? Jamás se vio nada parecido. Arrollamos a los ingleses. Sólo el viento que levantábamos al pasar los derribaba, aplastados a montones. Atravesamos como un huracán las tropas de Fastolfe, dejando a nuestro paso un camino de muertos a derecha e izquierda. Seguimos adelante, sin detenernos, hacia nuestra codiciada presa: Sir Talbot y sus huestes, que se nos aparecieron densos y negros como una nube de tormenta que amenazara sobre el mar. Y ya Ãbamos a caer sobre ellos para aplastarlos, cuando, sin poder evitarlo, por designio inescrutable de Dios, ¡me reconocieron! Talbot, muy pálido, gritó: ¡Sálvese quien pueda, ahà viene el abanderado de Juana de Arco!… Picó espuelas, hasta casi despanzurrar su caballo, con todos los hombres detrás. Comprendà que debÃa haberme disfrazado. Nuestro General me miró con reproche y me sentà avergonzado. HabÃa provocado un desastre irreparable. Otro se habrÃa quedado inmóvil, sin reaccionar, pero yo no soy de ésos. La dificultad me agudizó el ingenio. Vi la oportunidad, y atravesé el espeso bosque a toda velocidad, como si tuviese alas. Pasaron los minutos y seguÃa volando, hasta que, de repente, flameé mi bandera al viento y aparecà ante ese Talbot. Se produjo un caos de hombres enloquecidos huyendo sin cesar. ¡Pobres indefensas criaturas! Se hallaban cercados, sin poder escapar a la retaguardia —custodiada por nuestro ejército— ni tampoco de frente, pues allà estaba yo. Con el corazón encogido, sus manos cayeron inertes, quietos, sin luchar. Los matamos a capricho a todos, menos a Talbot y a Fastolfe a los que salvé, y me los traje a cada uno debajo de uno de mis brazos.