Juana de Arco
Juana de Arco Evidentemente, el PaladÃn estaba en su gloria. ¡Qué estilo y qué gestos tan nobles, qué verbo fácil y seguro, qué hábil combinación de movimientos, ruidos de guerra y escenificación de su salto con el estandarte ante las mismas barbas del aterrorizado Talbot!
Los dos ingenuos campesinos disfrutaban del espectáculo, creyendo a pie juntillas el relato de PaladÃn. Participaban con su entusiasmo en la acción, que coreaban con gritos de ánimo y aplausos. Cuando se calmaron, el viejo Laxart reconoció:
—Según veo, vuestra sola persona hace tanto como todo un ejército.
—Pues sÃ, eso es verdad —confirmó Rainguesson—. Él es el terror. Y no sólo por estas tierras. Pronunciar su nombre provoca el pánico en paÃses lejanos. Cuando frunce el entrecejo, su sombra llega hasta Roma. Es cierto. Algunos piensan…
—Noel Rainguesson, te vas a meter en apuros. Voy a decirte algo, y harás bien en…
Me di cuenta de que era lo mismo de siempre. Nadie podrÃa saber cuándo terminarÃan de pelear. Asà que trasmità el mensaje de Juana destinado a su padre y me retiré a dormir.