Juana de Arco
Juana de Arco Así crecíamos en esta región apacible y laboriosa hasta convertirnos en chicos y chicas ya crecidos. Lo suficiente como para enterarnos, tanto como los adultos, de las guerras que se levantaban de modo constante de Oeste a Norte. Nos sentíamos conmovidos, como los mayores, por las ocasionales noticias que nos llegaban de los campos de batalla. Recuerdo con nitidez uno de esos días. Era un martes, cuando algunos de nosotros nos divertíamos cantando alrededor del Árbol de las Hadas, y colgábamos guirnaldas en memoria de nuestras perdidas amigas.
De repente, la pequeña Mengette exclamó:
—¡Mirad! ¿Qué es aquello?
En un momento, al oír el tono de la voz de la niña, todos los ojos se volvieron en la dirección indicada: hacia abajo de la pendiente, en dirección al pueblo.
—Es una bandera negra.
—¡Una bandera negra! ¿Es cierto?
—Puedes comprobar tú mismo que es exactamente eso.
—¡Es una bandera negra, con seguridad! Pero ¿ha visto alguien nunca algo semejante?
—¿Qué significará eso?
—¿Significar? Sólo puede ser algo terrible.
—Sí, pero ¿qué es? Esa es la cuestión.
—Aguardad a que nos conteste el que lleva la bandera, si es que podéis aguantar hasta que llegue.