Juana de Arco
Juana de Arco —Y aún, al final, tuvo suerte —explicaba Noel con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Siempre la tuvo! ¡OfrecÃa una imagen espléndida ante los ojos del público, admirado en todas partes! Se le presentaban ocasiones de realizar hazañas vistosas, y las llevaba a cabo. Le pusimos el tÃtulo de PaladÃn en broma, pero después lo mereció por justicia… Y, por fin, murió con la armadura puesta, fiel a su cometido, con el estandarte en la mano, ante la mirada aprobadora de Juana de Arco. Sorbió la copa de la gloria hasta la última gota. Se ha ido alegremente en busca de la paz eterna, sin contemplar todo el desastre que vino después. ¡Qué suerte! ¡Qué suerte! Mientras nosotros… ¿Qué pecado hemos cometido para continuar aquà vivos…? ¿No merecemos el derecho a una muerte asà de feliz?
Luego, continuó:
—Arrancaron de sus manos exangües el sagrado estandarte y se lo llevaron junto a su dueña, como preciados trofeos. Pero no lo conservan ya. Hace un mes, con riesgo de nuestras vidas, mis compañeros de prisión y yo conseguimos apoderarnos de él, haciéndolo llegar a escondidas a manos amigas, que ocultaron el estandarte y lo depositaron en la TesorerÃa de la ciudad de Orleáns, donde se encuentra, para siempre, a salvo.