Juana de Arco
Juana de Arco Juana, al contrario, no contaba con nadie que le preparase la defensa de su caso. Permanecía encerrada entre gruesos muros y no disponía de amigos a quienes pedir ayuda. Tampoco le era posible contar con testigos a su favor. Todos estaban lejos, en el campo francés, mientras a ella la juzgaba un tribunal dominado por ingleses… Si alguno se hubiera atrevido a venir a declarar, no habrían tardado en ajusticiarlos. La prisionera debía ser su único testigo, tanto para el fiscal como para la defensa. En realidad, antes de que se iniciara la primera sesión del tribunal, ya estaba dictada la sentencia de muerte.
Cuando Juana se enteró de que el Tribunal estaba compuesto por miembros al servicio de Inglaterra, solicitó que se nombraran otros tantos sacerdotes de la parte francesa. Cauchon se rio del mensaje y ni tan siquiera se dignó contestar. Según las leyes de la Iglesia, al ser Juana menor de 21 años tenía derecho a estar asesorada por un consejo que le indicara el mejor modo de responder a las preguntas y protegerla contra los recursos y encerronas tendidas gracias a la habilidad del fiscal. Juana solicitó esta ayuda, pero Cauchon se la negó rotundamente. Ella insistió encarecidamente, alegando su juventud e ignorancia frente a la sabiduría del tribunal, pero Cauchon no cedió y Juana hubo de conformarse con salir adelante en el proceso por sí misma. El corazón del obispo era de piedra.