Juana de Arco
Juana de Arco —Han llegado noticias negras. Se ha firmado un acuerdo en Troyes entre Francia y los ingleses, aliados con los borgoñones. En virtud de ese tratado, Francia queda traicionada y es entregada, atada de pies y manos, a sus enemigos. La operación ha sido obra del Duque de Borgoña y de ese demonio de la Reina de Francia. Casa a Enrique de Inglaterra con Catalina de Francia…
—¿Pero eso puede ser cierto? ¿Casar a una princesa de Francia con el asesino «Carnicero de Agincourt»? Eso es increÃble. No habrás entendido bien.
—Si eso te cuesta creerlo, Santiago de Arco, prepárate a oÃr algo todavÃa peor. El niño que pueda nacer de ese matrimonio —y aunque fuera niña— heredarÃa los tronos de los dos paÃses: Inglaterra y Francia. ¡Y esta doble cualidad se prolongará a sus sucesores, para siempre!
—Bueno, pues eso sà que es mentira —terció Edmundo Aubrey—, tal cosa va contra nuestras leyes, y por tanto no puede llevarse a la práctica.
Las palabras de Aubrey —llamado «El PaladÃn» debido a los ejércitos a los que pensaba vencer llegado el momento— fueron ahogadas por los comentarios airados de los otros amigos, que estallaron en una explosión de furia ante la noticia. Rechazaban el tratado, hablando todos a la vez y no escuchando a los demás, hasta que, por fin, Haumette los calmó, diciendo: