Juana de Arco
Juana de Arco Por fin, apareció la procesada. Mostraba la misma blancura de siempre, ni más ni menos que el día anterior. Y eso que estuvo cinco horas en el incómodo banco, sin respaldo, cargada de cadenas y acosada por la turba de jueces, sin que le ofrecieran ni un vaso de agua. Había pasado la noche enjaulada en el frío calabozo, sin comodidad alguna y, pese a todo, allí estaba otra vez, sin ninguna muestra de cansancio. Y sus ojos… destrozaba el corazón verlos. Su brillo expresaba una mezcla de dignidad herida, el propósito indomable de la libertad que trasmite la mirada de un águila enjaulada y hace que nos sintamos mal cuando la vemos. Así eran los ojos de ella. ¡Qué maravillosa fuerza demostraban! Siempre denunciaban su estado de ánimo, en la paz y en la guerra. Bajo sus destellos, se ocultaban torrentes de luz o devastadoras tormentas. No he conocido nunca ojos parecidos a los suyos. Esa es mi opinión, y nadie que los conociera como yo, podría decir una cosa distinta a la que acabo de explicaros.
La nueva «seánce» (sesión), comenzó. Y… ¿cómo diréis que empezó? Pues lo mismo que la anterior, con idéntica cuestión que despertó grandes altercados. El obispo habló así:
—Se os requiere a prestar juramento de que responderéis la verdad a todas las preguntas que se os hagan.
Juana replicó tranquilamente: