Juana de Arco
Juana de Arco —Ya hice ayer mi juramento, señor, y es suficiente.
El obispo insistió una y otra vez, aumentando su enojo, pero Juana mantenía la misma calma. Sin embargo, habló:
—Pronuncié ayer mi juramento y con eso hay bastante. No me molestéis más, os lo ruego.
Viendo que no lograba convencerla, decidió empezar los actos del día. Tomó la palabra un teólogo reconocido por sus artilugios dialécticos, Beaupère, que, con aire desganado, indiferente, lanzó una maniobra de ocultación capaz de engañar a cualquier persona desprevenida:
—Ahora, Juana, la cuestión es muy sencilla: sólo debéis hablar con sinceridad y toda verdad sobre las preguntas que os haré, tal como ya habéis prometido.
La intentona fracasó. Juana no se descuidó. Al darse cuenta de la jugada, su reacción fue rápida:
—No estoy de acuerdo. Vos podríais preguntarme cosas que yo no voy a contestar, porque no puedo —luego, al reflexionar lo impropio de que unos teólogos se entrometieran en temas reservados a Dios, añadió:— Si comprendierais lo que de verdad ocurre conmigo, deberíais dejarme libre. Todo lo que he hecho, ha sido a impulsos de la revelación.