Juana de Arco

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El tribunal comprendió entonces la maniobra del clérigo. La pobre niña se encontraba distraída y soñolienta, muy cansada, ignorante del peligro que corría su vida. Sus últimas frases dieron a Beaupère la ocasión que andaba buscando para su estocada a muerte. Con toda calma, dispuso el cepo:

—¿Os encontráis en estado de gracia?

La gravedad de la pregunta despertó sonoros murmullos. Uno de los jueces, de entre los pocos que se podían considerar honrados, llamado Juan Lefèvre, poniéndose en pie de un salto, gritó:

—¡Esa pregunta es terrible! ¡La acusada no está obligada a contestarla!

Al oírlo, Cauchon enrojeció de ira ante la tabla de salvación que se le ofrecía a la niña en tan grave peligro, y ordenó:

—¡Silencio! Volved a ocupar vuestro lugar. La procesada deberá responder esa pregunta.



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