Juana de Arco
Juana de Arco Comprendimos que Juana estaba perdida. La pregunta no tenía solución, tanto si era afirmativa como negativa. La Sagrada Escritura dice que uno nunca puede estar seguro de si se encuentra, o no, en estado de gracia. Observad la dureza de corazón de unas personas capaces de tender semejante lazo a una niña inocente, y encima disfrutar de su triunfo. Fueron para mí unos momentos angustiosos. Los asistentes, ávidos de emociones, aguardaban el desenlace del episodio, unos con alegría y otros compadecidos. Juana los miró a todos con sus ojos limpios y luego, con toda humildad y delicadeza, ofreció una respuesta que rompió la trampa y abrió el cepo, como se destruye una tela de araña:
—Si no estoy en Gracia de Dios, le ruego a Él que me la otorgue, y si lo estoy, entonces le pido que me la conserve.
No podréis imaginar el efecto de sus palabras. Nunca, mientras viváis. Se hizo un silencio sepulcral. Los jueces se miraban con asombro unos a otros. Hubo quien, atemorizado, se santiguó. Yo escuché a Lefèvre decir:
—Esa respuesta se encuentra por encima de la capacidad humana. ¿De dónde le habrá venido la inspiración a esta criatura?
Beaupère continuó su interrogatorio, pero se le notaba humillado por su derrota, pues a partir de ese momento ya no actuaba con la misma eficacia.