Juana de Arco

Juana de Arco

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Cinco semanas antes de ser capturada en Compiègne, sus Voces le avisaron de lo que le aguardaba. Sin especificar hora ni lugar, supo que la tomarían prisionera antes de las fiestas de San Juan. Pidió al cielo que le otorgara una muerte segura y rápida, con mínima estancia en prisión, puesto que su espíritu libre no resistía la cárcel. Sus Voces no le prometieron nada concreto, se limitaron a animarla para que hiciera frente a lo que Dios le enviara. Pero como no le negaron la posibilidad de lograr una muerte rápida, es fácil que Juana encomendara con ilusión esta esperanza.

Como le confirmaron el hecho de su «liberación» dentro de tres meses, entendió que iba a morir tranquilamente en la prisión y sería después llevada al Paraíso, cuyas puertas encontraría abiertas. Sus penas llegaban al fin y la recompensa ya estaba allí, cerca de su mano. Con tales pensamientos, se encontraba feliz y le ayudaban a tener la paciencia y el valor necesarios para resistir el combate como buen soldado. Por supuesto que intentaría salvar la vida, pero no le importaba morir dando la cara, si fuera preciso.

Cuando, posteriormente, acusó a Cauchon de intentar matarla con un pescado envenenado, su convicción de morir en la cárcel se fortaleció mucho más. Pero me estoy alejando del tema. Volviendo al proceso, le ordenaron a Juana que precisara la hora en que sería liberada de la prisión.


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