Juana de Arco
Juana de Arco —¡Ah!, ¿conque pedisteis perdón, eh?… luego os reconocéis culpable de un pecado, al salir de casa sin permiso…
Juana se irritó. Con fuego en los ojos, habló:
—Dios me enviaba, y tuve que hacerlo. Aunque hubiera tenido cien padres o fuera hija de reyes, me habrÃa marchado.
—¿No preguntasteis a las Voces si era oportuno contar a vuestros padres las revelaciones?
—No les importaba que se lo dijese, pero yo quise ahorrarles el sufrimiento.
—¿No os llamaban las Voces «hija de Dios»?
Juana respondió con sencillez y confianza.
—Asà lo hicieron, a partir de Orleáns. Desde entonces, me lo han repetido otras veces.
—¿Qué caballo montabais al caer prisionera? ¿Quién os lo dio?
—El Rey.
—También se os concedieron otras riquezas, otorgadas por el Rey.
—DisponÃa de caballos y armas de mi propiedad, además de una cantidad de dinero para el servicio de mi cargo.
—¿No disponÃais de un fondo de reserva?
—SÃ. De unas diez mil coronas —luego, añadió con sencillez—: No era mucho dinero para mantener una guerra.