Juana de Arco
Juana de Arco —¿Lo conserváis aún?
—No. Es dinero del Rey. Mis hermanos lo guardan para él.
—¿Qué armas ofrecisteis en la iglesia de St. Denis?
—Mi cota de malla y una espada.
—¿Las dejasteis allà para que el pueblo las adorase?
—No, lo hice por pura devoción. SeguÃa la costumbre de los soldados heridos cuando hacen su ofrenda como sÃmbolo de agradecimiento. Me hirieron en ParÃs.
Pero nada conmovÃa sus duros corazones y frÃas mentes, ni siquiera la imagen de una muchacha soldado, herida, presentando sus armas diminutas junto a las polvorientas ofrendadas por los históricos defensores de Francia. No, para ellos nada significaba todo eso.
—¿Quién os ayudó más en la guerra, vos al estandarte o el estandarte a vos?
—Eso no tiene importancia, todas las victorias venÃan de Dios.
—Pero ¿la esperanza de victoria sobre quién descansaba, en vos o en el estandarte?
—En ninguno de los dos: solamente en Dios. Nada más.
—¿No se hizo flamear el estandarte alrededor de la cabeza del Rey en la coronación?
—No. No lo fue.