Juana de Arco

Juana de Arco

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—Uno no puede conservar demasiado limpia la conciencia.

Llegamos al último día de aquel nuevo juicio. Fue una dura y prolongada lucha para los que tomaron parte en ella. Los jueces se mostraban irritados e insatisfechos. Pese a todo, decidieron prolongar un día más el proceso. Era el 17 de marzo. Al comienzo de la sesión ya le tendieron a Juana la primera y peligrosa trampa.

—¿Aceptaréis someter al dictamen de la Iglesia todas vuestras palabras y hechos, buenos o malos?

La pregunta era perfecta, y Juana pareció en grave peligro. De contestar con un sí, hasta su propia misión quedaría puesta en tela de juicio ante el tribunal, quien decidiría sobre el origen y carácter de la empresa. Si respondía «No», sería acusada de crimen de herejía.

Pero Juana se mostró a la altura de las circunstancias. Separó de forma clara la autoridad de la Iglesia sobre ella como feligresa, del tema de la misión. Afirmó su amor a la Iglesia, mostrándose dispuesta a seguir en la fe cristiana con todas sus fuerzas. Pero respecto a las obras realizadas por ella en el curso de la misión, sólo Dios podría juzgarlas, puesto que Él se las ordenó hacer.

El inquisidor insistió para que también éstas las sometiera al dictamen de la Iglesia, pero Juana se mantuvo firme:


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