Juana de Arco

Juana de Arco

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—En cierta ocasión, habéis prometido contestarle al señor obispo como si fuera el Santo Padre. No obstante, os negáis a responder a varias preguntas fundamentales. ¿No responderíais al Papa con más amplitud y detalle que lo hacéis aquí? ¿No os parece que el Papa, Vicario de Cristo, merece unas contestaciones íntegras, completas?

Entonces, como el estallido del trueno en un cielo claro, llegó la respuesta de Juana:

—Pues bien: conducidme ante el Papa. Le contestaré a todo cuanto deba.

El rostro de Cauchon pasó del púrpura al lívido del mármol. ¡Aquello era un argumento explosivo! ¡Si Juana se hubiera percatado de su importancia! Si la joven apela a Roma, las maquinaciones del obispo habrían quedado al descubierto. Juana pronunció sus palabras por puro instinto, sin calibrar su importancia, y nadie le advirtió de la jugada que tenía a su favor. Yo lo comprendí, lo mismo que Manchon. Si ella supiera leer, le habríamos hecho llegar un escrito advirtiéndole sobre lo que le convenía hacer. Pero, estrechamente vigilada como estaba, no era posible acercarse a decírselo de palabra. Así, una vez más Juana lograba salir victoriosa en una sesión del proceso, pero sin saberlo. En caso contrario, tal vez habría percibido las posibilidades que se derivaban de su frase apelando al Papa.


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