Juana de Arco

Juana de Arco

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—Claro que la hiciste —añadió el Girasol— ¿Es que no te amenazó con el hacha para matarte?

—Sí —respondió Juana.

—¿Y no tuviste miedo?

—No… Al menos, no mucho… Muy poco.

—¿Y por qué no lo tuviste?

La niña reflexionó un momento y luego contestó con sencillez:

—No lo sé.

Nos hizo reír a todos. Girasol pensaba que era algo así como si un cordero intentara contar el modo cómo se había comido al lobo y no pudiera explicarlo.

Cecilia Letellier preguntó:

—¿Por qué no echaste a correr cuando lo hicimos nosotros?

—Porque era necesario hacerle volver a su celda. Si no, podría intentar matar a alguien. Y entonces, hubiera sido todavía peor, también para el pobre Benoist.

Resulta curioso que esta aclaración —indicativa de que Juana se olvidaba de sí misma y del peligro corrido, en favor de los demás— fue considerada por todos nosotros como algo natural y cierto. Nadie se dio cuenta de la generosidad que demostraba, ni se les ocurrió comentar su auténtico valor. Pero sí nos indica lo claro, definido y maduro que ya tenía su carácter y cómo los demás lo aceptaban como algo sabido.


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