Juana de Arco

Juana de Arco

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—Debéis abjurar ahora mismo, o seréis quemada inmediatamente.

Al escuchar tan horribles palabras, se dio cuenta del lugar donde estaba, y de la pira dispuesta, con las brasas encendidas y preparadas para iniciar el fuego. Como una sonámbula, se levantó del asiento y daba pasos de un lado a otro, murmurando incoherencias. Los jueces se inclinaron ante ella, gritando en tonos distintos: «—¡Firmad! ¡Firmad! ¡Firmad y seréis salva!». Loyseleur le repetía al oído: «Haced lo que os digo. ¡No os perdáis para siempre!».

Juana, entre sollozos, exclamó:

—¡Por favor, dejadme! No hacéis bien al acosarme…

—Juana, tenemos piedad de vos y nos compadecemos de vuestra desgracia. Arrepentíos de lo dicho o tendremos que aplicaros el castigo…

En esos momentos, se oyó la voz de Cauchon, desde la otra plataforma, que sonaba con fuerza bajo el dosel, leyendo la sentencia de muerte.

Por entonces, Juana se encontraba agotada. Se mantenía de pie, mirando con ojos extraviados alrededor. Luego, cayó de rodillas, e inclinando la cabeza, dijo:

—Me someto.


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