Juana de Arco
Juana de Arco El crimen se había consumado. La acusada firmó… pero ¿qué? Ella no lo sabía bien, pero los otros, sí. Estampó su firma reconociendo que se confesaba como bruja, que mantenía relación con el diablo, que blasfemaba contra Dios y sus ángeles, que estaba ansiosa de verter sangre humana, organizando rebeliones y guerras. Que era cruel y malvada, enviada de Satanás y reconocía con su firma que aceptaba llevar vestidos de mujer. Acabada la ceremonia, Loyseleur le dirigía alabanzas por haber realizado en ese día una obra de tanto mérito. Pero Juana continuaba ausente, sin escuchar lo que se hablaba a su alrededor. Cauchon pronunció las fórmulas levantando la excomunión, devolviéndola al seno de la Iglesia, con todos sus derechos. Esas palabras sí las oyó, tal como pudo comprobarse al ver la cara de felicidad que se difundió por su rostro. ¡Pero duró poco su alegría! Cauchon, con tono implacable en la voz, añadió estas frases:
—Y para que se arrepienta de sus crímenes y no pueda repetirlos, la condenamos a prisión perpetua, alimentada con el pan de la aflicción y el agua de la angustia.