Juana de Arco

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Así que ¡prisión perpetua! No lo podía creer. Nadie le había dicho tal cosa, ni Loyseleur ni los demás jueces la advirtieron. Al contrario, le prometieron que si abjuraba «todo iría bien para ella». Las última palabras de Erard fueron «que se vería libre de la cárcel». Quedó sin habla por un momento. Luego, recordó que, según palabras de Cauchon, quedaría en manos de la Iglesia, custodiada por mujeres en lugar de brutales soldados ingleses. Así que, mirando hacia el grupo de jueces, les habló con triste resignación:

—Ahora, por favor, conducidme a vuestra prisión y no me dejéis por más tiempo en manos de los ingleses.

Pero, entonces, se escucharon las vergonzosas palabras de Cauchon, acompañadas con una risita burlona:

—Nada de eso. ¡Llevadla a la misma prisión donde estaba!

Pobre niña engañada. Se quedó muda, como fulminada. Daba pena verla. La habían traicionado, mentido y tratado de forma indigna. Ahora ya se daba plena cuenta. El redoble de un tambor alteró el silencio y le hizo pensar, por un instante, en que era el momento de su liberación, anunciado por las Voces. Pero muy pronto percibió que se trataba de la escolta de guardias camino de la prisión. Sin poder aguantar más, bamboleándose, cubrió su rostro con las manos y, entre sollozos, se alejó de nosotros lentamente.


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