Juana de Arco

Juana de Arco

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Desde entonces han pasado sesenta años y, sin embargo, recuerdo como si fuera ayer el timbre de felicidad y triunfo de aquella voz, en la suave mañana veraniega. Muy pronto, miles de personas coreaban la misma frase que parecía llenar a la gente de una alegría salvaje. No tardaron en oírse muestras de júbilo, felicitaciones de unos a otros y sonoras risotadas, junto al redoble de tambores y lejanas músicas, entonando himnos de victoria y de acción de gracias.

A media tarde, nos llegó una citación para que Manchon y yo acudiéramos al calabozo de Juana, por orden del obispo. Comprobamos que el ambiente de la calle se había enrarecido mucho. Los soldados ingleses y sectores de población afines a ellos daban muestras de furia incontenible, que manifestaban públicamente sin ningún recato. Nos enteramos de que en los alrededores del castillo las cosas iban de mal en peor. Una muchedumbre inquieta se agolpaba allí, con la sospecha de que eso de la vuelta de Juana a posiciones anteriores era un nuevo truco de los clérigos. De los gestos, pasaron a las obras, pues tomaron como rehenes a unos cuantos dignatarios, a los que resultó difícil rescatar con vida.




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