Juana de Arco

Juana de Arco

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Aquello nos resultaba insoportable. Las lágrimas surcaban los rostros. Por un momento, me arrodillé a sus pies. Al percibir el peligro que corría, me susurró al oído:

—¡Rápido! ¡Levantaos! No os arriesguéis, buen amigo… ¡Que Dios os bendiga para siempre!

Percibí cómo apretaba mi mano con la suya. Tuve la fortuna de ser el último al que saludó afectuosamente. Nadie se dio cuenta del gesto y la historia no lo recoge, pero es verdad, tal como yo lo cuento. De pronto, llegó Cauchon. Juana se plantó delante de él y le dijo:

—¡Obispo, muero por culpa vuestra!

Lejos de quedar avergonzado, no se inmutó y, con aire comprensivo, amonestó a la sentenciada:

—¡Debéis tener conformidad! La culpa de vuestra muerte la tenéis sólo vos, al no cumplir las promesas y reincidir en vuestros pecados.

—¡No es cierto! Si me hubierais conducido a una cárcel de la Iglesia, con guardias apropiados, tal como prometisteis, nada de esto habría sucedido. ¡Por ello, os emplazo a responder ante Dios, Juez Supremo!


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