Juana de Arco

Juana de Arco

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Luego, Martin Ladvenue la oyó en confesión y más tarde solicitó la sagrada comunión. Pero había un problema: ¿Cómo dar la comunión a una persona públicamente condenada por la Iglesia, convertida en pagana? No sabían qué hacer, de forma que preguntaron a Cauchon, a través de un emisario, cuáles eran sus instrucciones al respecto. Dio la orden de que se concediera a Juana todo lo que pidiera. Quizá sus últimas palabras le habían impresionado o atemorizado, ya que no conmovido el corazón, pues no lo tenía. Llevaron la comunión a Juana, que tanto la ansiaba durante los meses de cautiverio. Fueron momentos solemnes. Mientras ocurrían estos episodios, los patios del castillo abiertos al público se fueron llenando de gente humilde, hombres y mujeres enterados de que algo pasaba en la celda de Juana, y acudieron, conmovidos, sin saber muy bien a qué. No nos dimos cuenta entonces de esto, porque seguíamos en el interior de la prisión y no podíamos ver nada. Fuera de las puertas de la fortaleza la multitud se apiñaba en masa, a la espera de acontecimientos. Al ver pasar el santísimo sacramento que le traían a Juana, las gentes se arrodillaban, mientras unos no aguantaban las lágrimas, otros rezaban por la condenada a muerte. Y cuando en la cárcel se inició la ceremonia de la comunión, fuera se escuchaba el cántico de las letanías dedicadas a un alma a punto de abandonar el mundo. El temor a aquella muerte cruel había abandonado a Juana ya para siempre. La serenidad y la entereza sustituyeron al miedo, y así fue hasta el final.


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