Juana de Arco

Juana de Arco

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Es cierto el relato de un historiador que recoge así los hechos: «Los más humildes y pobres no tenían otra cosa para ofrecerle a Juana que sus oraciones, pero es seguro que las plegarias no fueron vanas. Pocos acontecimientos en la vida de los pueblos pueden igualar en fuerza dramática a esa muchedumbre que rezaba, llorando y con velas encendidas, junto a los muros de aquella vieja fortaleza convertida en prisión».

El mismo cuadro se repitió a lo largo de todo el camino, hasta el lugar del sacrificio. Cientos de ciudadanos se arrodillaban, apretujados con sus velas de color amarillo pálido, recordando una pradera sembrada de flores doradas. Los únicos que permanecieron en pie, codo a codo, como vallas delimitando el camino, fueron los guardas ingleses en cumplimiento de su misión.

De súbito, apareció un hombre como enloquecido, con hábito de sacerdote, que con gemidos y gritos se abrió paso entre la muchedumbre, arrollando la barrera de los guardias, cayendo postrado ante la carreta de la condenada a muerte y con las manos suplicantes, rogó:

—¡Perdonadme, por Dios! ¡Perdonadme, Doncella!

Aquel hombre, ¡era Loyseleur!


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