Juana de Arco
Juana de Arco Mirándole compasiva, Juana le perdonó con ese corazón que sólo servía para compadecerse de todos los que sufren, sin impórtale cómo fuera la ofensa. No tuvo la menor palabra de reproche para semejante desventurado que, día y noche, contribuyó a inventar las hipocresías y falsedades que llevaron a Juana al suplicio. Los guardias, repuestos de la sorpresa, habrían ensartado al arrepentido, a no ser por la intervención del conde de Warwick, que le salvó la vida con una orden seca. Nadie supo nada más de él. Se retiró del mundo en algún lugar desconocido, donde apagar sus remordimientos.