Juana de Arco
Juana de Arco Juana, llorando, se arrodilló y comenzó a rezar. ¿Oraba por sí misma? ¡Nada de eso! Encomendaba a Dios al Rey de Francia. Su voz se elevaba dulce y limpia, llegando a todos los corazones con su denso dramatismo. Olvidó que la había traicionado, primero, y abandonado, después, sin pensar en su ingrato comportamiento, que la llevó a la muerte. Para ella seguía siendo su Rey, del cual era súbdita leal y entusiasta, dispuesta a defenderle de las acusaciones falsas de sus enemigos, a los que ella increpó duramente. Allí, a las puertas de la muerte, Juana rogó a todos que hicieran justicia a su Rey, pues era noble, bueno y sincero, y no merecía ningún reproche por los actos que ella, bajo su responsabilidad, había llevado a cabo. Para terminar, rogó a los presentes oraciones en su favor, tanto los enemigos como los que sentían piedad hacia ella en el fondo de sus corazones. Apenas hubo nadie que no se mostrara conmovido ante la escena, incluidos los ingleses y los jueces, al ver sus labios que temblaban en oración y los ojos arrasados en lágrimas. Hasta el propio cardenal inglés, duro en cuestiones políticas en favor de su país, pareció tener un corazón sensible. El juez civil, que debió pronunciar la sentencia y anunciar la condena, se encontraba tan nervioso que se olvidó de hacerlo, por lo que Juana se dirigió a la pira sin escuchar las fórmulas preceptivas, completando así una larga cadena de irregularidades, presentes desde el principio en su proceso.