Juana de Arco

Juana de Arco

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El juez se limitó a decir a los guardias:

—Tomadla —y, después, al verdugo— Cumplid con vuestro deber.

Entonces, Juana solicitó le trajeran una cruz. No había ninguna disponible. En vista de eso, un soldado inglés dividió un leño en dos partes, y formó una cruz, atándolas con cuerdas. Conmovido ante el valor y la devoción de Juana, le entregó la cruz, que besó y abrazó contra su pecho. Mientras, Isambard de la Pierre fue a la iglesia vecina y trajo una cruz bendecida, que ella volvió a besar y apretar contra su corazón, una vez y otra, regándola con sus lágrimas y dando gracias a Dios y a los santos. De esta forma subió los escalones hacia lo alto de la pira, llevando al fraile Isambard a su lado. Al final, la tuvieron que ayudar hasta lo alto del haz de leños preparados al efecto, quedando allí de pie, al mismo tiempo que la gente la contemplaba sin respirar. El verdugo subió hasta Juana, le enrolló unas cadenas alrededor de su cuerpo, dejándola atada sobre la pira. Descendió para avivar el fuego, quedando arriba aquella hermosa niña que tanto cariño y admiración recibió de los suyos en vida.



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