Juana de Arco
Juana de Arco Yo observé todas estas operaciones con los ojos nublados por las lágrimas, pero hubo un momento en que perdà completamente la visión real de lo que me rodeaba. Asà que ahora contaré los hechos, según me los trasmitieron testigos presenciales. Se produjeron sonidos trágicos captados por mis oÃdos, que entraron en mi corazón, pero la última visión que guardo de Juana de Arco, la muestra en toda su graciosa juventud sin mancha, imagen que no se ha borrado al paso del tiempo, ni desvanecido en sus perfiles, acompañándome el resto de mis dÃas. Ahora, seguiré mi relato.
Si alguien pensaba que, en el momento en que los pecadores confiesan sus culpas, es decir, en la hora final, Juana de Arco reconocerÃa que sus acciones eran, en verdad, satánicas, se equivocaba por completo. Nada de eso le pasó por la mente. No se preocupaba de sà misma, sino de lo que pudiera ocurrirle a los demás. Volviendo sus ojos doloridos, hacia donde se elevaban las torres y cúpulas de la ciudad, dijo:
—¡Ah, Rouen, Rouen! ¿He de morir aquÃ, y tú serás mi tumba? ¡Temo que habrás de sufrir a causa de mi muerte!
Una columna de humo se alzó en dirección a lo alto, sobre su cabeza y, por un momento, gritó aterrorizada:
—¡Traedme agua bendita!