Juana de Arco
Juana de Arco Pero, inmediatamente, se desvanecieron sus temores y se la vio tranquila. Al percibir el crepitar de las llamas a sus pies, se preocupó en favor de la persona que se encontraba a su lado. Era el fraile Isambard, en peligro de ser pasto de las llamas. Juana le había entregado la cruz, rogándole que la pusiera en alto, frente a ella, para que sus ojos descansaran al verla, encontrando el consuelo y la esperanza en los últimos momentos. Le advirtió para que se apartase del fuego. Cuando le obedeció, ella le dijo:
—Ahora, desde lejos, conservadla ante mi vista hasta el final.
Ni siquiera en esos momentos se resignó Cauchon a dejarla morir en paz. Se acercó, manchado como estaba por su crimen, y le gritó:
—He venido, Juana de Arco, a rogaros por caridad que os arrepintáis, buscando el perdón de Dios.
—Muero por vuestra culpa —afirmó Juana, pronunciando sus últimas palabras sobre la tierra.