Juana de Arco
Juana de Arco La aceptación de la propuesta fue unánime, salvo el caso de Santiago de Arco, quien observó:
—Os ruego que me disculpéis. Es agradable hablar de la guerra y estoy de acuerdo con vosotros. Siempre he creÃdo que irÃa a pelear al llegar a mi edad. Pero cuando vi la aldea en ruinas y al pobre loco acuchillado y ensangrentado, me di cuenta de que tales cosas no son para mÃ. Nunca me sentirÃa a gusto entre tales violencias. ¿Enfrentarme a las espadas, los cañones y la muerte? Todo eso no va conmigo. No, no; no contéis conmigo para eso. Y, además, soy el hijo mayor de la familia. Me toca ser el apoyo y la protección de los demás. Si pensáis llevaros a la guerra a Juan y a Pedro, alguien deberá quedarse aquà para cuidar de Juana y de mi hermanita. Permaneceré en casa y llegaré a la vejez en paz y tranquilidad.
—Se quedará en casa, pero no envejecerá —murmuró Juana con voz casi inaudible.
La charla continuó alegremente, como es habitual entre gente joven. Hicimos que el PaladÃn nos señalara en un improvisado mapa la estrategia de sus futuras campañas y desarrollara sus batallas, lograra sus victorias, aniquilase a los ingleses y colocara a nuestro Rey en su trono después de ceñirle la corona en la cabeza.