Juana de Arco
Juana de Arco Más de una vez, me asaltó la idea de que Juana tenÃa un secreto —que guardaba enteramente para sà misma y lo ocultaba celosamente, a mà y a todos los demás—. El pensamiento me vino, porque, en nuestras conversaciones, cortaba una frase a medias o la dejaba sin terminar, cambiando de tema siempre que parecÃa a punto de confiarme algún tipo de revelación importante. LlegarÃa el momento en que tendrÃa la oportunidad de conocer el secreto, pero aún faltaba bastante tiempo.
Al dÃa siguiente del episodio que he narrado antes, nos encontrábamos en el prado, junto a los pastos, cuando empezamos a hablar sobre el problema de Francia.
Con el fin de animarla, yo aparentaba gran esperanza en el futuro, pero no hacÃa con esto más que ocultarle la realidad. La verdad era que no habÃa el menor fundamento que permitiera albergar ninguna esperanza respecto al porvenir de nuestro paÃs. Pero me dolÃa tanto mentirle y me avergonzaba tanto la traición hecha a una persona pura como la nieve, incapaz de mentir y traicionar —ni siquiera podÃa suponer tales bajezas en los demás—, que decidà no continuar por este camino.
Dispuesto a desenmascararme, a empezar de nuevo y no volver a ofenderla nunca más con engaños, inicié mi nueva táctica, aunque la envolvà con otra pequeña mentira, que enlazara con la verdad, para hacer más razonable mi actitud anterior. AsÃ, muy seriamente, le dije: