Juana de Arco
Juana de Arco —Juana, he estado pensando mucho la pasada noche en todas las cosas que hablamos ayer y he llegado a la conclusión de que estábamos un poco equivocados todo el tiempo. Ahora, considero que la situación de Francia es desesperada, que siempre lo ha sido, desde el desastre de Agincourt y ahora mismo es más desesperada que nunca. Creo que ya no hay nada que hacer: todo está perdido.
No tuve el valor de mirarla a la cara mientras le decÃa estas cosas. El hacerle daño de aquella forma, destruir sus ilusiones con palabras brutales, sin añadir otras que pudieran suavizar su efecto devastador, resultaba algo vergonzoso y, verdaderamente, lo era. Pero cuando terminé de hablar, me quité un gran peso de encima, mi conciencia se encontró liberada, saliendo a la superficie, y pude observarla para ver el efecto de mis palabras.
Comprobé que no habÃa nada que ver. Al menos de lo que yo esperaba. Tan sólo un atisbo de sorpresa en sus ojos serios, pero eso fue todo. En seguida, me preguntó, con su tono sencillo y plácido habitual:
—¿El caso de Francia está perdido? ¿Por qué creéis eso? DecÃdmelo.