Juana de Arco
Juana de Arco Y ni siquiera en esta zona, como en ningún otro lugar de Francia, tiene la menor autoridad. Tampoco dispone de un ochavo a su nombre, ni de un regimiento de soldados. No pelea, ni está dispuesto a luchar, no piensa en oponer la menor resistencia, porque, en realidad, no tiene más que un solo propósito: abandonar sus derechos, arrojar su corona a la basura y escapar a refugiarse en Escocia. Estos son los hechos. ¿Son ciertos?
—SÃ, lo son —respondió Juana.
—Entonces, las cosas son como yo digo. No hay más que sumar para darse cuenta de lo que significan.
A continuación, me preguntó con naturalidad:
—Entonces, según esto, el porvenir de Francia, ¿es un caso perdido?
—Forzosamente. No es posible dudar de ello, si tenemos en cuenta todos estos datos que expongo.
—Pero ¿cómo podéis decir tales cosas? ¿Cómo podéis sentir de ese modo? —exclamó Juana.
—Sà —contesté yo—, ¿y cómo no hacerlo? ¿Cómo podrÃa yo pensar o sentir de otra manera en las circunstancias que nos encontramos? Juana, con las desastrosas cifras que tenéis ante vos, ¿os queda realmente alguna esperanza de que se recupere Francia? ¿De verdad?
—¿Cómo esperanza? —contestó Juana—. ¡Oh, por favor! ¡Mucho más que eso! Francia conquistará su libertad y, además, la conservará. No lo dudéis.