Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Bueno, pues, pasados unos días, el río volvió a su cauce y una de las primeras cosas que hicimos fue echar al agua un anzuelo de los grandes, poniendo por cebo un conejo desollado, y pescamos un barbo tan grande como un hombre, pues medía seis pies y dos pulgadas de largo y pesaba más de doscientas libras. No podíamos cobrarlo, claro está; nos hubiera arrastrado y tirado al Illinois. Nos quedamos allí sentados viéndole cómo azotaba el agua y se retorcía hasta ahogarse. En su estómago encontramos un botón dorado y una pelota redonda junto con el excremento. Partimos la pelota y en su interior encontramos un carrete. Jim dijo que lo habría tenido dentro mucho tiempo para recubrirlo así y dejarlo convertido en una pelota.
Yo creo que nunca se había pescado un pez tan grande en el Mississippi. Jim dijo que él nunca había visto uno mayor. En la población hubiera dado buenos dineros. En el mercado venden esos peces por libras; todo el mundo compra una porción; tiene la carne blanca como la nieve y es bueno para freír.
A la mañana siguiente dije que me aburría y me estaba volviendo tonto y que quería animarme de alguna manera. Dije que me iría al otro lado del río a ver qué ocurría. A Jim le gustó la idea; pero, según él, tenía que ir de noche y sin entretenerme. Luego lo estudió bien y dijo: