Las aventuras de Huckleberry Finn

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—¿No sería mejor que te pusieras algunas de esas cosas viejas y te vistieras de niña?

Pues no era mala la idea. De modo que acortamos uno de los vestidos de indiana y, después de arremangarme los pantalones hasta las rodillas, me lo puse. Jim lo sujetó por detrás con los corchetes y me ajustaba bastante bien. Me puse el sombrero, atándolo por debajo de la barbilla. Así, al asomarse a verme la cara, era como mirar por el tubo de una chimenea. Jim dijo que nadie me reconocería, ni siquiera de día, casi. Pasé todo el día ensayando para acostumbrarme a la ropa y acabé por acomodarme bastante bien a ella; solo que Jim decía que yo no andaba como una muchacha. Y me dijo que debía evitar la costumbre de levantarme la falda para meter la mano en el bolsillo del pantalón.

Salí para la ribera de Illinois en la canoa cuando ya había oscurecido.

Crucé en dirección al pueblo, un poco más abajo del embarcadero, y la corriente me llevó hasta la parte baja de la población. Amarré la canoa y empecé a caminar por la orilla. En una cabaña pequeña en la que nadie había vivido durante mucho tiempo se veía una luz, y me pregunté quién se habría instalado en ella.


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