Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Me acerqué y miré por la ventana. Había allí una mujer de unos cuarenta años de edad, que hacía calceta a la luz de una vela que había sobre una mesa de pino. No conocía su cara; era forastera, porque no había cara en el pueblo que yo no conociese. Esto era una suerte, porque empezaba a perder el ánimo; empezaba a asustarme de haber ido. La gente podría reconocerme por la voz y descubrirme.
Pero si aquella mujer había estado en una población tan pequeña dos días, podría decirme todo lo que yo quería saber. De modo que llamé a la puerta, decidido a no olvidarme de que era una niña.