Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Oh, no; todo el mundo no. Hay muchos que creen que lo hizo él. Pero no pasará mucho sin que atrapen al negro y tal vez le obliguen a confesar de un susto.
—¡Cómo! ¿Es que aún andan en su busca?
—¡Caramba! ¿No te parece que eres un poco ingenua? ¿Es que cada dÃa se encuentran trescientos dólares por ahà para que los recoja la gente? Algunos creen que el negro no anda lejos de aquÃ. Yo soy una de esas personas, pero jamás lo he dicho en público. Hace unos dÃas hablaba con un viejo matrimonio que vive en la cabaña de troncos de al lado, y se les ocurrió decir que casi nunca va nadie a esa isla de allá que llaman la isla de Jackson. «¿Es que no vive nadie en ella?», pregunté yo. «No, nadie», contestaron ellos. No dije una palabra más, pero pensé mucho.
»Me parecÃa estar segura de haber visto humo en la parte alta de la isla uno o dos dÃas antes, de modo que me dije que bien podÃa ser que el negro estuviese escondido allÃ. Fuera lo que fuese, me dije, valÃa la pena registrar la isla. Desde entonces no he vuelto a ver humo; por eso tal vez se haya marchado, si era él. Pero mi marido irá a echar un vistazo… él y otro hombre. Se habÃa marchado rÃo arriba, pero ha vuelto hoy y se lo he dicho en cuanto ha llegado, hace dos horas.